Katherinne amada,
me muero por besarte una vez más, si es que la muerte viene por mi. El médico no me ha dicho nada, pero unos días más sin tus sonrisas terminarían con mi vida. No te aflijas, no moriré por tu culpa, tú no me obligas a amarte y, además, puede que no muera del todo, quisiera cumplir mi promesa. ¿Recuerdas mi promesa? No moriré si no es por falta de aire en medio de un beso tuyo. No, tampoco serías mi asesina entonces, si dejaras de besarme entonces sí serías culpable y de una muerte cruel e inhumana.
Espero que la estés pasando bien en esa playa infinita. Tal vez te traiga aún recuerdos, aunque las marcas de nuestros cuerpos ya no estén en la arena, tal vez el mar los ha robado. Entonces, si el agua y su compás de olas son los culpables, sentirás los mismos escalofríos cada vez que una rompa contra la orilla, los mismos suspiros nacerán en tu boca, los mismos que aquella primera vez te arrancó aquella misma orilla. Mírala bien, quizá te traiga recuerdos.
No estaría de más preguntar por tu madre, pero aquí no nos puede romper el romance, no entre estas letras que ya están escritas, con referencias a lo que ya ha sucedido. Aquí no podrá abrir la puerta. Sólo espero que esté bien, a fin de cuentas le debo tu vida y de alguna manera también la mía.
Te podría contar un poco sobre como vamos en esta casa, pero sin ti esta tan fría que no quisiera que el describirla me arranque el poco calor que me entra al escribirte, al pensar que tal vez al leer esto te entren ganas de arrancarme un beso. Sólo te digo que sin ti, esta casa no es hogar.
Te decía que estaba muriendo. Es que lo presiento. El aire está diferente, no se siente tu aroma por más que tu recuerdo me haga destrozar una lámpara por no poder respirarte. Los colores se han vuelto más grises, las caras más largas, lo negro más negro, tu ausencia es cada día más dolorosa. Mis labios resecos me preocupan. Aunque el médico ha dicho que es simple nerviosismo yo le he dicho que es la mísera falta de tus labios, mi boca es mendiga y tu último beso es el puente bajo el cual se refugia.
Los recuerdos, quisiera no recordar. No recordar que hace un año que te has ido y no recordar esa noticia, fresca de ayer. Me ha dicho mi padre que te has casado. Ayer. No sé, quizá para cuando leas esto, ayer yo haya muerto, desaparecido, enloquecido; esta baraja de opciones deprimen a cualquier suicida. Bastante difícil se me hace pensar tu cuerpo en otras manos, tu lengua en otra boca y tus suspiros en otro oído, es difícil y aún debo elegir cómo escribir este adiós que no quisiera decirte.
No quisiera pensar en ti en el último momento y que la falsa esperanza me arranque el impulso de muerte. De noche y durmiendo, será mejor. Un buen somnífero alejará los sueños con tus manos y el exceso alejará la pesadilla sin ti. Lo he decidido, princesa, creo que un último te amo es a su manera un excelente adiós,
Felipe, que sólo quiso amarte.
El fiscal general terminó de leer aquella misiva con una voz quebrada nada normal en el. Apenas pudo esconder una lágrima y, odiándose a si mismo, le entregó la prueba al juez. Quizá aquel acto de repentina clemencia fuese un efecto de algún desamor pasado, alguna historia sin escribir. Aquel chico que había escrito la carta unos días antes se encontraba sentado y esposado frente a él, no podía verle a los ojos, no quería, no quería ver el amor asomándose por su mirada ni algún destello de aquella locura tan evidente.
El chico no tiene lugar para el rencor con tanto amor en el corazón, la pasión y la locura que esta desencadena son otra cosa. El chico suspira, no está para nada avergonzado, siempre fue de los que gritaban a todos cuanto amaba a su prometida. Su prometida, su amada ahora viuda. Allí estaba, de negro, de luto. No por él, porque en su casa se habían acabado los somníferos y por alguna macabra coincidencia también los calmantes. Bajaba su mirada hacia aquellas manos vengadoras, apasionadas y ahora asesinas. Las odiaba, eran las culpables de que aquella niña ahora sufriera, sufriera por el hombre que pudo amarla más, aquel que cartas de amor pasadas negaban su posibilidad de existencia. Las lágrimas de su niña demostraban que existió. Él, en el banquillo de los acusados supo que cada lágrima de ella quería apuñalarlo, él quería que lo apuñalaran. Miró a los policías que lo custodiaban, de mirada seria e imperturbable, mirada dura. Supo que no dudarían, iban armados por algo. Miró una vez más a su amada, se secó sus propias lágrimas para verla aún mejor, quería llevarse un recuerdo nítido, la miró y ella lo supo. – yo tan sólo quise amarte, perdóname- le gritó él.
Una última lágrima se lanzó a su boca, él se lanzó hacia el juez.
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