Aquel viejo reloj de pared marcaba una hora inútil, ya que nadie lo miraba y nadie sabía si aún funcionaba el tiempo en su interior. ¿siquiera lo recordaban? Todo en aquella casa sucedía en un horario perfecto, establecido por la mujer de la casa, que usaba reloj sólo por detalle, un reloj inservible. El marido, adinerado pero viejo, bonachón pero deprimido, escuchaba cada mañana la dulce voz de su esposa, hermosa pero vieja, bonachona pero ausente. La escuchaba pronunciar sobre su oreja, sentía su cálido aliento cada mañana cuando lo despertaba sobre aquella cama tan grande, fina pero vieja, ortopédica pero fría.
Habría los ojos como un suicida de poca voluntad y miraba a su esposa un instante para captar toda su belleza, luego la besaba como recordaba la última vez, cuando había tiempo.
El desayuno estaba siempre en una bandeja al lado de su cama, siempre allí gracias a los sirvientes que obedecían las viejas órdenes de su esposa. El hombre comía su desayuno por plena costumbre, por vieja orden de su esposa, sus desayunos balanceados para una vida ahora más desbalanceada que nunca. Así hacía todo lo demás el viejo. Se bañaba, se rasuraba, se vestía y así toda su rutina, por seguir el horario, las viejas órdenes de su esposa, aunque para él las horas hacía mucho que no existían. ¿o hacía poco? Mejor lo dejaba así, simplemente no existían. Así aquella foto en blanco y negro de su boda, la enmarcada en su estudio podía ser una foto reciente, de aquel mismo día o incluso una mala caricatura de un futuro próximo o pasado.
De nuevo la veía. Charlaban mientras comían juntos la merienda de media mañana. Ella siempre fue de poco comer, el terminaba su platillo, fruta los lunes, fruta cualquier día. No había necesidad de decir nada, un sirviente llegaba siempre a la misma hora, a la misma altura del sol prefería llamarlo él, a recoger la vajilla sucia y otro a llevarse al señor en silla de ruedas hacia el jardín botánico. Su esposa lo seguía siempre en el eco de aquellas ruedas faltas de aceite. Llegaba el jardín a lo que el intuía debían ser veinticuatro ¿horas las llaman? de que había estado allí anteriormente. Ahí ellos leían, siempre lo mismo. Ella, Romeo y Julieta, el algo de Poe. La altura de el sol le indicaba a los sirvientes que era momento de servir el almuerzo. Un buen vino quemaba las palabras que no habían salido más de la garganta del señor. Un buen vino era indistinguible para aquella boca, muda para algunos, impactada para otros, cansada para su autoconvencimiento.
Era ahora momento de la siesta, aquello lo informaba la vajilla vacía. Eran llevados, él y sus recuerdos, a tomar la siesta en la habitación. Él siempre se dormía igual, con el mismo deseo secreto, el de que aquellos relojes tan inservibles hasta ahora le causaran algún efecto, el de despertar más tarde y no ver nada, no escuchar nada, tan sólo sentir el calor de su esposa a la que hacía dos años no abrazaba, a la que hacía ya dos años que el tiempo le había dejado de hacer efecto, ella, que no dejaba de ser su recuerdo, no cesaba de escucharla, quizá por costumbre, quizá por amor. Ese amor que había congelado al tiempo que ahora se burlaba de él, dejándolo atascado en aquel último destello de unos ojos sin los cuales él ya no podría ver.
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