Detengan la fiesta un tanto y paremos de bailar
con tantos sabores en la boca revueltos
aquí con el sudor, la adrenalina y las luces
aquí con aroma a primer beso.
Un minuto, una vida de silencio
por todo el humo y las estrellas que se nos van
por el maldito miedo a estar muertos
por el aferrado intento de respirar.
Los tengo, me tienen aquí con las manos vacías
una foto arrugada en la papelera de reciclaje
el angustioso lugar que tanto querías
amar de repente el tormentoso viaje.
Y el fin, el fin de todas las naves
las velas manchadas de rojo
paremos de bailar, unos segundos
cerremos al menos un ojo.
Veamos hacia adentro
como un caracol, como su espiral
realmente el camino
se ensancha hacia el final.
Limpia el carnicero su último cuchillo
cuelga el pescador su último anzuelo
se le oxida al herrero su primer martillo
emprende un pingüino su último vuelo.
Paremos de bailar, miremos las estrellas
puntos que brillan indecisos, niños hermosos
y que la luz se encargue y nos indique
si hoy debemos cerrar los ojos.
No te lleves mi último beso, aún no
hazlo durar por favor que es doloroso
y no sea el último dame más, que en el cielo
se cierre un ojo y se abra otro.
Como un guiño del alma si, desesperada
pero audaz siempre tan profunda y malcriada
titila niña tras la noche de mis ojos
crucemos una eterna y última mirada.
Entre el conocimiento y la ignorancia prefiero la locura
lunes, 29 de noviembre de 2010
jueves, 25 de noviembre de 2010
En tiempos de ella
Aquel viejo reloj de pared marcaba una hora inútil, ya que nadie lo miraba y nadie sabía si aún funcionaba el tiempo en su interior. ¿siquiera lo recordaban? Todo en aquella casa sucedía en un horario perfecto, establecido por la mujer de la casa, que usaba reloj sólo por detalle, un reloj inservible. El marido, adinerado pero viejo, bonachón pero deprimido, escuchaba cada mañana la dulce voz de su esposa, hermosa pero vieja, bonachona pero ausente. La escuchaba pronunciar sobre su oreja, sentía su cálido aliento cada mañana cuando lo despertaba sobre aquella cama tan grande, fina pero vieja, ortopédica pero fría.
Habría los ojos como un suicida de poca voluntad y miraba a su esposa un instante para captar toda su belleza, luego la besaba como recordaba la última vez, cuando había tiempo.
El desayuno estaba siempre en una bandeja al lado de su cama, siempre allí gracias a los sirvientes que obedecían las viejas órdenes de su esposa. El hombre comía su desayuno por plena costumbre, por vieja orden de su esposa, sus desayunos balanceados para una vida ahora más desbalanceada que nunca. Así hacía todo lo demás el viejo. Se bañaba, se rasuraba, se vestía y así toda su rutina, por seguir el horario, las viejas órdenes de su esposa, aunque para él las horas hacía mucho que no existían. ¿o hacía poco? Mejor lo dejaba así, simplemente no existían. Así aquella foto en blanco y negro de su boda, la enmarcada en su estudio podía ser una foto reciente, de aquel mismo día o incluso una mala caricatura de un futuro próximo o pasado.
De nuevo la veía. Charlaban mientras comían juntos la merienda de media mañana. Ella siempre fue de poco comer, el terminaba su platillo, fruta los lunes, fruta cualquier día. No había necesidad de decir nada, un sirviente llegaba siempre a la misma hora, a la misma altura del sol prefería llamarlo él, a recoger la vajilla sucia y otro a llevarse al señor en silla de ruedas hacia el jardín botánico. Su esposa lo seguía siempre en el eco de aquellas ruedas faltas de aceite. Llegaba el jardín a lo que el intuía debían ser veinticuatro ¿horas las llaman? de que había estado allí anteriormente. Ahí ellos leían, siempre lo mismo. Ella, Romeo y Julieta, el algo de Poe. La altura de el sol le indicaba a los sirvientes que era momento de servir el almuerzo. Un buen vino quemaba las palabras que no habían salido más de la garganta del señor. Un buen vino era indistinguible para aquella boca, muda para algunos, impactada para otros, cansada para su autoconvencimiento.
Era ahora momento de la siesta, aquello lo informaba la vajilla vacía. Eran llevados, él y sus recuerdos, a tomar la siesta en la habitación. Él siempre se dormía igual, con el mismo deseo secreto, el de que aquellos relojes tan inservibles hasta ahora le causaran algún efecto, el de despertar más tarde y no ver nada, no escuchar nada, tan sólo sentir el calor de su esposa a la que hacía dos años no abrazaba, a la que hacía ya dos años que el tiempo le había dejado de hacer efecto, ella, que no dejaba de ser su recuerdo, no cesaba de escucharla, quizá por costumbre, quizá por amor. Ese amor que había congelado al tiempo que ahora se burlaba de él, dejándolo atascado en aquel último destello de unos ojos sin los cuales él ya no podría ver.
Habría los ojos como un suicida de poca voluntad y miraba a su esposa un instante para captar toda su belleza, luego la besaba como recordaba la última vez, cuando había tiempo.
El desayuno estaba siempre en una bandeja al lado de su cama, siempre allí gracias a los sirvientes que obedecían las viejas órdenes de su esposa. El hombre comía su desayuno por plena costumbre, por vieja orden de su esposa, sus desayunos balanceados para una vida ahora más desbalanceada que nunca. Así hacía todo lo demás el viejo. Se bañaba, se rasuraba, se vestía y así toda su rutina, por seguir el horario, las viejas órdenes de su esposa, aunque para él las horas hacía mucho que no existían. ¿o hacía poco? Mejor lo dejaba así, simplemente no existían. Así aquella foto en blanco y negro de su boda, la enmarcada en su estudio podía ser una foto reciente, de aquel mismo día o incluso una mala caricatura de un futuro próximo o pasado.
De nuevo la veía. Charlaban mientras comían juntos la merienda de media mañana. Ella siempre fue de poco comer, el terminaba su platillo, fruta los lunes, fruta cualquier día. No había necesidad de decir nada, un sirviente llegaba siempre a la misma hora, a la misma altura del sol prefería llamarlo él, a recoger la vajilla sucia y otro a llevarse al señor en silla de ruedas hacia el jardín botánico. Su esposa lo seguía siempre en el eco de aquellas ruedas faltas de aceite. Llegaba el jardín a lo que el intuía debían ser veinticuatro ¿horas las llaman? de que había estado allí anteriormente. Ahí ellos leían, siempre lo mismo. Ella, Romeo y Julieta, el algo de Poe. La altura de el sol le indicaba a los sirvientes que era momento de servir el almuerzo. Un buen vino quemaba las palabras que no habían salido más de la garganta del señor. Un buen vino era indistinguible para aquella boca, muda para algunos, impactada para otros, cansada para su autoconvencimiento.
Era ahora momento de la siesta, aquello lo informaba la vajilla vacía. Eran llevados, él y sus recuerdos, a tomar la siesta en la habitación. Él siempre se dormía igual, con el mismo deseo secreto, el de que aquellos relojes tan inservibles hasta ahora le causaran algún efecto, el de despertar más tarde y no ver nada, no escuchar nada, tan sólo sentir el calor de su esposa a la que hacía dos años no abrazaba, a la que hacía ya dos años que el tiempo le había dejado de hacer efecto, ella, que no dejaba de ser su recuerdo, no cesaba de escucharla, quizá por costumbre, quizá por amor. Ese amor que había congelado al tiempo que ahora se burlaba de él, dejándolo atascado en aquel último destello de unos ojos sin los cuales él ya no podría ver.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Katherinne amada
Katherinne amada,
me muero por besarte una vez más, si es que la muerte viene por mi. El médico no me ha dicho nada, pero unos días más sin tus sonrisas terminarían con mi vida. No te aflijas, no moriré por tu culpa, tú no me obligas a amarte y, además, puede que no muera del todo, quisiera cumplir mi promesa. ¿Recuerdas mi promesa? No moriré si no es por falta de aire en medio de un beso tuyo. No, tampoco serías mi asesina entonces, si dejaras de besarme entonces sí serías culpable y de una muerte cruel e inhumana.
Espero que la estés pasando bien en esa playa infinita. Tal vez te traiga aún recuerdos, aunque las marcas de nuestros cuerpos ya no estén en la arena, tal vez el mar los ha robado. Entonces, si el agua y su compás de olas son los culpables, sentirás los mismos escalofríos cada vez que una rompa contra la orilla, los mismos suspiros nacerán en tu boca, los mismos que aquella primera vez te arrancó aquella misma orilla. Mírala bien, quizá te traiga recuerdos.
No estaría de más preguntar por tu madre, pero aquí no nos puede romper el romance, no entre estas letras que ya están escritas, con referencias a lo que ya ha sucedido. Aquí no podrá abrir la puerta. Sólo espero que esté bien, a fin de cuentas le debo tu vida y de alguna manera también la mía.
Te podría contar un poco sobre como vamos en esta casa, pero sin ti esta tan fría que no quisiera que el describirla me arranque el poco calor que me entra al escribirte, al pensar que tal vez al leer esto te entren ganas de arrancarme un beso. Sólo te digo que sin ti, esta casa no es hogar.
Te decía que estaba muriendo. Es que lo presiento. El aire está diferente, no se siente tu aroma por más que tu recuerdo me haga destrozar una lámpara por no poder respirarte. Los colores se han vuelto más grises, las caras más largas, lo negro más negro, tu ausencia es cada día más dolorosa. Mis labios resecos me preocupan. Aunque el médico ha dicho que es simple nerviosismo yo le he dicho que es la mísera falta de tus labios, mi boca es mendiga y tu último beso es el puente bajo el cual se refugia.
Los recuerdos, quisiera no recordar. No recordar que hace un año que te has ido y no recordar esa noticia, fresca de ayer. Me ha dicho mi padre que te has casado. Ayer. No sé, quizá para cuando leas esto, ayer yo haya muerto, desaparecido, enloquecido; esta baraja de opciones deprimen a cualquier suicida. Bastante difícil se me hace pensar tu cuerpo en otras manos, tu lengua en otra boca y tus suspiros en otro oído, es difícil y aún debo elegir cómo escribir este adiós que no quisiera decirte.
No quisiera pensar en ti en el último momento y que la falsa esperanza me arranque el impulso de muerte. De noche y durmiendo, será mejor. Un buen somnífero alejará los sueños con tus manos y el exceso alejará la pesadilla sin ti. Lo he decidido, princesa, creo que un último te amo es a su manera un excelente adiós,
Felipe, que sólo quiso amarte.
El fiscal general terminó de leer aquella misiva con una voz quebrada nada normal en el. Apenas pudo esconder una lágrima y, odiándose a si mismo, le entregó la prueba al juez. Quizá aquel acto de repentina clemencia fuese un efecto de algún desamor pasado, alguna historia sin escribir. Aquel chico que había escrito la carta unos días antes se encontraba sentado y esposado frente a él, no podía verle a los ojos, no quería, no quería ver el amor asomándose por su mirada ni algún destello de aquella locura tan evidente.
El chico no tiene lugar para el rencor con tanto amor en el corazón, la pasión y la locura que esta desencadena son otra cosa. El chico suspira, no está para nada avergonzado, siempre fue de los que gritaban a todos cuanto amaba a su prometida. Su prometida, su amada ahora viuda. Allí estaba, de negro, de luto. No por él, porque en su casa se habían acabado los somníferos y por alguna macabra coincidencia también los calmantes. Bajaba su mirada hacia aquellas manos vengadoras, apasionadas y ahora asesinas. Las odiaba, eran las culpables de que aquella niña ahora sufriera, sufriera por el hombre que pudo amarla más, aquel que cartas de amor pasadas negaban su posibilidad de existencia. Las lágrimas de su niña demostraban que existió. Él, en el banquillo de los acusados supo que cada lágrima de ella quería apuñalarlo, él quería que lo apuñalaran. Miró a los policías que lo custodiaban, de mirada seria e imperturbable, mirada dura. Supo que no dudarían, iban armados por algo. Miró una vez más a su amada, se secó sus propias lágrimas para verla aún mejor, quería llevarse un recuerdo nítido, la miró y ella lo supo. – yo tan sólo quise amarte, perdóname- le gritó él.
Una última lágrima se lanzó a su boca, él se lanzó hacia el juez.
me muero por besarte una vez más, si es que la muerte viene por mi. El médico no me ha dicho nada, pero unos días más sin tus sonrisas terminarían con mi vida. No te aflijas, no moriré por tu culpa, tú no me obligas a amarte y, además, puede que no muera del todo, quisiera cumplir mi promesa. ¿Recuerdas mi promesa? No moriré si no es por falta de aire en medio de un beso tuyo. No, tampoco serías mi asesina entonces, si dejaras de besarme entonces sí serías culpable y de una muerte cruel e inhumana.
Espero que la estés pasando bien en esa playa infinita. Tal vez te traiga aún recuerdos, aunque las marcas de nuestros cuerpos ya no estén en la arena, tal vez el mar los ha robado. Entonces, si el agua y su compás de olas son los culpables, sentirás los mismos escalofríos cada vez que una rompa contra la orilla, los mismos suspiros nacerán en tu boca, los mismos que aquella primera vez te arrancó aquella misma orilla. Mírala bien, quizá te traiga recuerdos.
No estaría de más preguntar por tu madre, pero aquí no nos puede romper el romance, no entre estas letras que ya están escritas, con referencias a lo que ya ha sucedido. Aquí no podrá abrir la puerta. Sólo espero que esté bien, a fin de cuentas le debo tu vida y de alguna manera también la mía.
Te podría contar un poco sobre como vamos en esta casa, pero sin ti esta tan fría que no quisiera que el describirla me arranque el poco calor que me entra al escribirte, al pensar que tal vez al leer esto te entren ganas de arrancarme un beso. Sólo te digo que sin ti, esta casa no es hogar.
Te decía que estaba muriendo. Es que lo presiento. El aire está diferente, no se siente tu aroma por más que tu recuerdo me haga destrozar una lámpara por no poder respirarte. Los colores se han vuelto más grises, las caras más largas, lo negro más negro, tu ausencia es cada día más dolorosa. Mis labios resecos me preocupan. Aunque el médico ha dicho que es simple nerviosismo yo le he dicho que es la mísera falta de tus labios, mi boca es mendiga y tu último beso es el puente bajo el cual se refugia.
Los recuerdos, quisiera no recordar. No recordar que hace un año que te has ido y no recordar esa noticia, fresca de ayer. Me ha dicho mi padre que te has casado. Ayer. No sé, quizá para cuando leas esto, ayer yo haya muerto, desaparecido, enloquecido; esta baraja de opciones deprimen a cualquier suicida. Bastante difícil se me hace pensar tu cuerpo en otras manos, tu lengua en otra boca y tus suspiros en otro oído, es difícil y aún debo elegir cómo escribir este adiós que no quisiera decirte.
No quisiera pensar en ti en el último momento y que la falsa esperanza me arranque el impulso de muerte. De noche y durmiendo, será mejor. Un buen somnífero alejará los sueños con tus manos y el exceso alejará la pesadilla sin ti. Lo he decidido, princesa, creo que un último te amo es a su manera un excelente adiós,
Felipe, que sólo quiso amarte.
El fiscal general terminó de leer aquella misiva con una voz quebrada nada normal en el. Apenas pudo esconder una lágrima y, odiándose a si mismo, le entregó la prueba al juez. Quizá aquel acto de repentina clemencia fuese un efecto de algún desamor pasado, alguna historia sin escribir. Aquel chico que había escrito la carta unos días antes se encontraba sentado y esposado frente a él, no podía verle a los ojos, no quería, no quería ver el amor asomándose por su mirada ni algún destello de aquella locura tan evidente.
El chico no tiene lugar para el rencor con tanto amor en el corazón, la pasión y la locura que esta desencadena son otra cosa. El chico suspira, no está para nada avergonzado, siempre fue de los que gritaban a todos cuanto amaba a su prometida. Su prometida, su amada ahora viuda. Allí estaba, de negro, de luto. No por él, porque en su casa se habían acabado los somníferos y por alguna macabra coincidencia también los calmantes. Bajaba su mirada hacia aquellas manos vengadoras, apasionadas y ahora asesinas. Las odiaba, eran las culpables de que aquella niña ahora sufriera, sufriera por el hombre que pudo amarla más, aquel que cartas de amor pasadas negaban su posibilidad de existencia. Las lágrimas de su niña demostraban que existió. Él, en el banquillo de los acusados supo que cada lágrima de ella quería apuñalarlo, él quería que lo apuñalaran. Miró a los policías que lo custodiaban, de mirada seria e imperturbable, mirada dura. Supo que no dudarían, iban armados por algo. Miró una vez más a su amada, se secó sus propias lágrimas para verla aún mejor, quería llevarse un recuerdo nítido, la miró y ella lo supo. – yo tan sólo quise amarte, perdóname- le gritó él.
Una última lágrima se lanzó a su boca, él se lanzó hacia el juez.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Diferencial
Aún no le salen barbas y está muriendo
muere sin saber quejarse cual niño
de temores ajenos y el mal de lo cierto
de lo oculto que no oculta el cariño.
De una metáfora maltrecha y un descuido
de cáncer, de gripe, de ojos sin luz
del dolor de llorarte todo lo querido
de beber y beber, todo a tu salud.
Sufre de nostalgia estéreo
de dolor melódico y noches despierto
del temor a soñar y temerle a lo real
a soñar contigo y volverme a despertar.
Y la nueva mañana, de nuevo sin ti,
huele a gente viva y me duele más
tenerte cerca y el frío solar
tenerte aquí y sentirte allá.
Muero joven también, adiós juerga
agradezco profundamente al público asesino
a tu madre que te trajo y hoy te lleva
y a ti, que me has hecho sentir tan vivo.
A tu palma, a tu pecho, a tus pies
al poco de suela que te gasté
a tus tacones de aguja, gracias también
por acercarte y dejarme hacer.
muere sin saber quejarse cual niño
de temores ajenos y el mal de lo cierto
de lo oculto que no oculta el cariño.
De una metáfora maltrecha y un descuido
de cáncer, de gripe, de ojos sin luz
del dolor de llorarte todo lo querido
de beber y beber, todo a tu salud.
Sufre de nostalgia estéreo
de dolor melódico y noches despierto
del temor a soñar y temerle a lo real
a soñar contigo y volverme a despertar.
Y la nueva mañana, de nuevo sin ti,
huele a gente viva y me duele más
tenerte cerca y el frío solar
tenerte aquí y sentirte allá.
Muero joven también, adiós juerga
agradezco profundamente al público asesino
a tu madre que te trajo y hoy te lleva
y a ti, que me has hecho sentir tan vivo.
A tu palma, a tu pecho, a tus pies
al poco de suela que te gasté
a tus tacones de aguja, gracias también
por acercarte y dejarme hacer.
Allá afuera
Sé que me perdí otra estrella fugaz
la lluvia ventanera no me lo deja olvidar
sé que el licor los hará vomitar
sé que puedo sentir como cesa el girar.
En este lugar todo está como frío
en el alambre la ropa aún mojada
ni en esta foto parece que sonrío
y tanta esperanza tan enterrada.
Playa, mar, arena, mucha agua
mucha sal, mucha espuma, mucho mar
mucha lluvia para tanta enagua
pocos ojos, mucha sal.
Sólo, frente a unas teclas tecleo
y no hago más que teclear
como uno sólo escucho y veo
y siento el frío y su calar.
la lluvia ventanera no me lo deja olvidar
sé que el licor los hará vomitar
sé que puedo sentir como cesa el girar.
En este lugar todo está como frío
en el alambre la ropa aún mojada
ni en esta foto parece que sonrío
y tanta esperanza tan enterrada.
Playa, mar, arena, mucha agua
mucha sal, mucha espuma, mucho mar
mucha lluvia para tanta enagua
pocos ojos, mucha sal.
Sólo, frente a unas teclas tecleo
y no hago más que teclear
como uno sólo escucho y veo
y siento el frío y su calar.
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